Hace poco intenté escribir una reseña de La
Gitanilla, una de las Novelas Ejemplares de Cervantes. Había disfrutado
mucho de su lectura, de los contenidos literarios y temáticos y quería
compartir eso. Sin embargo, a medida que planificaba la reseña, me di cuenta de
que el texto se transformaba en otra cosa: yo no hablaba del libro en sí, sino
de los temas sociales que yo encontraba en él, intentando defender su valor por
el contenido ideológico que podía extraer. Como si el disfrute literario no
fuera suficiente. Como si la experiencia de leer necesitara ser justificada con
“ideas importantes”.
Este impulso no es solo mío. Está por todos lados. Hoy
la cultura y publico nos empuja a buscar lo útil, lo inmediato, lo explicable.
En ese camino, muchas veces dejamos atrás lo más valioso: el proceso, la
experiencia, la complejidad.
La simplificación de la información, la era del
resumen es un hecho. Pero no del resumen como herramienta para comprender
mejor, sino como producto final. Aprendimos a convivir con pequeñas dosis de
conocimiento listas para usar, que no requieren contexto ni profundidad. Y a
veces, que ni siquiera la permiten. Lo importante es tener algo para decir,
aunque no sepamos de dónde viene ni a dónde va, comparable a formarse rápido como
un soldado listo para ir a la guerra con lo que aprendió.
La filosofía, madre de las ciencias, es una de las
grandes víctimas de este fenómeno. En los cursos de ingreso universitario, por
ejemplo, se pide explicar a Nietzsche en una línea: “el superhombre es quien
trasciende la moral tradicional”. Y nada más. Que Así habló Zaratustra
sea una obra literaria, profética, contradictoria, cargada de tensiones
históricas, no importa. No se trata de entender, sino de rendir. Y rendir
implica reducir.
Ocurre lo mismo con Hegel. Su pensamiento es resumido
en la trillada fórmula de “tesis, antítesis, síntesis”. Una tríada que pretende
descifrarlo sin tener que enfrentarse al texto real y no termina de explicarse
por sí misma. Sin embargo, basta leer su Introducción a la Historia de la
Filosofía para ver cómo se trabaja esa idea insiste, una y otra vez, en que
las ideas filosóficas no se superan: se integran. Que todo sistema es parte de
un proceso continuo. Esa concepción, si se enseñara con honestidad, podría
transformar la forma en que pensamos la historia y las escuelas de pensamiento.
Pero es más fácil enseñar fórmulas vacías que invitar a leer textos que exigen
tiempo, contradicción y paciencia.
Parte del problema radica en la propia lógica industrial
que se extiende a todos los campos. Los tiempos son cortos, las exigencias
muchas. Se prioriza la retención por sobre la comprensión, y eso hace que
incluso los estudiantes más atentos no puedan dudar de si realmente han
entendido lo que leyeron.
No se trata de atacar a quien no sabe algo, sino de
cuestionar a quienes forman discursos sin haber entendido lo que defienden. Hoy
muchas ideas se repiten sin análisis, sin estudio, sin contexto. Se convierten
en datos flotantes, incapaces de ser utilizados correctamente para el debate.
La simplificación puede ser inmersión valida en un tema, pero si de ser el
único camino, se transforma en un riesgo: permite que proliferen discursos mal
fundamentados, que no pueden ser debatidos ni defendidos con solidez.
Incluso la crítica hacia esta situación suele quedarse
corta. Decimos que vivimos en la “ TikTokización de la información” para
referirnos a la superficialidad, pero nos detenemos ahí. No problematizamos la
falta de exigencia, ni la renuncia a pensar más allá del titular. Y no está mal
que existan formas rápidas y accesibles de transmitir ideas. De hecho, es una
gran herramienta para facilitar el conocimiento y la transmisión y enseñanza de
estos. Pero indistintamente de si somos creadores o consumidores, necesitamos
más profundidad, más análisis, más deseo de comprender.
El problema no se queda en la academia. Afecta también
a la forma en que nos acercamos a los temas sociales. Conceptos como feminismo,
racismo o clase son reducidos por quienes emiten discursos de odio en chistes
que nacen de la desinformación y la poca comprensión. Muchas personas se burlan
de lo que no entienden porque nunca se les enseñó que detrás de palabras e imágenes
hay luchas y cuestiones más complejas
En esa superficialidad, los discursos reaccionarios
crecen. Se apropian del “sentido común” y del escepticismo como banderas. Y
frente a la complejidad, ofrecen respuestas simples. No ganan porque sean más
inteligentes, sino porque juegan en un terreno donde la complejidad está
descartada desde el principio.
La solución no es volver al elitismo intelectual, ni
despreciar los formatos breves. La clave está en recuperar el deseo de pensar.
En animarnos a volver a las fuentes, aunque cueste. En dejar de confundir datos
con argumentos. Y en hacernos preguntas incómodas: ¿es suficiente lo que sé?
¿Entendí realmente esto? ¿Puedo defenderlo? ¿Estoy dispuesto a cambiar de
opinión si leo más?
¿Genuinamente vamos a desprestigiar movimientos
enteros porque alguien se burló de un dicho que no entendió de buenas a
primeras? ¿Vamos a dejar la empatía de un lado? Creo que en el publico de hoy,
es importante no saber de buenas a primeras como reconocer nuestra falta de
saber, pero empezar a inclinarnos a cuestionar que tanto entendemos, hay que
dar los primeros pasos y efectivamente ir paso a paso.

