martes, 8 de abril de 2025

La simplificación esta ahogando al entendimiento completo.

 

Hace poco intenté escribir una reseña de La Gitanilla, una de las Novelas Ejemplares de Cervantes. Había disfrutado mucho de su lectura, de los contenidos literarios y temáticos y quería compartir eso. Sin embargo, a medida que planificaba la reseña, me di cuenta de que el texto se transformaba en otra cosa: yo no hablaba del libro en sí, sino de los temas sociales que yo encontraba en él, intentando defender su valor por el contenido ideológico que podía extraer. Como si el disfrute literario no fuera suficiente. Como si la experiencia de leer necesitara ser justificada con “ideas importantes”.

Este impulso no es solo mío. Está por todos lados. Hoy la cultura y publico nos empuja a buscar lo útil, lo inmediato, lo explicable. En ese camino, muchas veces dejamos atrás lo más valioso: el proceso, la experiencia, la complejidad.

La simplificación de la información, la era del resumen es un hecho. Pero no del resumen como herramienta para comprender mejor, sino como producto final. Aprendimos a convivir con pequeñas dosis de conocimiento listas para usar, que no requieren contexto ni profundidad. Y a veces, que ni siquiera la permiten. Lo importante es tener algo para decir, aunque no sepamos de dónde viene ni a dónde va, comparable a formarse rápido como un soldado listo para ir a la guerra con lo que aprendió.

La filosofía, madre de las ciencias, es una de las grandes víctimas de este fenómeno. En los cursos de ingreso universitario, por ejemplo, se pide explicar a Nietzsche en una línea: “el superhombre es quien trasciende la moral tradicional”. Y nada más. Que Así habló Zaratustra sea una obra literaria, profética, contradictoria, cargada de tensiones históricas, no importa. No se trata de entender, sino de rendir. Y rendir implica reducir.

Ocurre lo mismo con Hegel. Su pensamiento es resumido en la trillada fórmula de “tesis, antítesis, síntesis”. Una tríada que pretende descifrarlo sin tener que enfrentarse al texto real y no termina de explicarse por sí misma. Sin embargo, basta leer su Introducción a la Historia de la Filosofía para ver cómo se trabaja esa idea insiste, una y otra vez, en que las ideas filosóficas no se superan: se integran. Que todo sistema es parte de un proceso continuo. Esa concepción, si se enseñara con honestidad, podría transformar la forma en que pensamos la historia y las escuelas de pensamiento. Pero es más fácil enseñar fórmulas vacías que invitar a leer textos que exigen tiempo, contradicción y paciencia.

Parte del problema radica en la propia lógica industrial que se extiende a todos los campos. Los tiempos son cortos, las exigencias muchas. Se prioriza la retención por sobre la comprensión, y eso hace que incluso los estudiantes más atentos no puedan dudar de si realmente han entendido lo que leyeron.

No se trata de atacar a quien no sabe algo, sino de cuestionar a quienes forman discursos sin haber entendido lo que defienden. Hoy muchas ideas se repiten sin análisis, sin estudio, sin contexto. Se convierten en datos flotantes, incapaces de ser utilizados correctamente para el debate. La simplificación puede ser inmersión valida en un tema, pero si de ser el único camino, se transforma en un riesgo: permite que proliferen discursos mal fundamentados, que no pueden ser debatidos ni defendidos con solidez.

Incluso la crítica hacia esta situación suele quedarse corta. Decimos que vivimos en la “ TikTokización de la información” para referirnos a la superficialidad, pero nos detenemos ahí. No problematizamos la falta de exigencia, ni la renuncia a pensar más allá del titular. Y no está mal que existan formas rápidas y accesibles de transmitir ideas. De hecho, es una gran herramienta para facilitar el conocimiento y la transmisión y enseñanza de estos. Pero indistintamente de si somos creadores o consumidores, necesitamos más profundidad, más análisis, más deseo de comprender.

El problema no se queda en la academia. Afecta también a la forma en que nos acercamos a los temas sociales. Conceptos como feminismo, racismo o clase son reducidos por quienes emiten discursos de odio en chistes que nacen de la desinformación y la poca comprensión. Muchas personas se burlan de lo que no entienden porque nunca se les enseñó que detrás de palabras e imágenes hay luchas y cuestiones más complejas

En esa superficialidad, los discursos reaccionarios crecen. Se apropian del “sentido común” y del escepticismo como banderas. Y frente a la complejidad, ofrecen respuestas simples. No ganan porque sean más inteligentes, sino porque juegan en un terreno donde la complejidad está descartada desde el principio.

La solución no es volver al elitismo intelectual, ni despreciar los formatos breves. La clave está en recuperar el deseo de pensar. En animarnos a volver a las fuentes, aunque cueste. En dejar de confundir datos con argumentos. Y en hacernos preguntas incómodas: ¿es suficiente lo que sé? ¿Entendí realmente esto? ¿Puedo defenderlo? ¿Estoy dispuesto a cambiar de opinión si leo más?

¿Genuinamente vamos a desprestigiar movimientos enteros porque alguien se burló de un dicho que no entendió de buenas a primeras? ¿Vamos a dejar la empatía de un lado? Creo que en el publico de hoy, es importante no saber de buenas a primeras como reconocer nuestra falta de saber, pero empezar a inclinarnos a cuestionar que tanto entendemos, hay que dar los primeros pasos y efectivamente ir paso a paso.

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