En Paraguay, el sueño del ascenso social se sostiene sobre una ficción: la meritocracia. Mientras una élite político-económica se asegura privilegios heredados, la mayoría trabaja y sobrevive en un sistema que le promete movilidad, pero se la niega en la práctica. Este artículo examina cómo se perpetúa esa desigualdad estructural.
Un problema de la mayoría popular del Paraguay, que vive en
un país recientemente urbanizado, tiende a ver el estatus social como una
consecuencia del talento y esfuerzo personal, ideal e ilusión cual se refuerza
por la naturaleza económica precaria y escasa del sistema laboral.
Sin embargo, la realidad es que este sistema persiste a lo
largo de las generaciones, y las desigualdades no solo se mantienen, sino que
se perpetúan de padres a hijos. Los padres transmiten su posición social, lo
que limita las oportunidades de movilidad social para quienes nacen en sectores
más desfavorecidos.
La meritocracia inherente del sistema social paraguayo,
reflejado en las exigencias laborales y académicas legitima el sistema tanto
como permite que evite una crítica necesaria a este sistema, como se dijo,
debido a la naturaleza económica del país donde se vive en un constante estado
de supervivencia, este sistema se sustenta por sí mismo.
En este momento nos remitimos a un estudio y apreciación
sociológica que es contraria al uso de la acumulación de riquezas como una
forma de entender la sociedad.
La lucha de clases, introducida por Karl Marx en el
"Manifiesto Comunista", es un concepto central en este debate. Marx
explicó que las clases sociales se definen principalmente por la propiedad o no
de los medios de producción. En este esquema, la clase proletaria, o los
trabajadores que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario, se
enfrentan a la burguesía, quienes poseen los medios de producción y controlan
las condiciones de trabajo.
Una reinterpretación de esta teoría en Paraguay puede
observarse en el ámbito político, donde el concepto de la élite política
planteado por Gaetano Mosca introduce una dimensión diferente. Mosca
argumentaba que una clase pequeña y organizada siempre dominará sobre una
mayoría desorganizada. Este concepto resuena en la sociedad paraguaya actual,
donde el acceso a los recursos y al poder sigue estando en manos de una élite
económica y política que perpetúa su dominio sobre el resto de la población.
Carla Fabri en su articulo Hurrerismo y adoración explico
un fenómeno popular provocado por la desigualdad y las necesidades económicas,
el hurrero es quien adula, quien busca hacer carrera rápida, ganar dinero de
cualquier forma y ocupar puestos importantes para los cuales no tiene la debida
preparación.
Un Médico en Paraguay puede ganar en el sector público una
suma de G. 4.600.000, nada más, aunque posiblemente algo menos, la hija de un
senador puede ganar un sueldo de 22.000.000 y el presidente de la república la defenderá
alegando que la vio confiable para tomar ese puesto.
Eduardo Nakayama señaló, en 2024, que al menos 50 mil
funcionarios públicos en Paraguay acceden a beneficios privados, un privilegio
que no está disponible para la mayoría de la población. Este fenómeno refuerza
la percepción de una clase política desconectada de las necesidades del pueblo,
lo que contribuye a las tensiones entre el gobierno y la sociedad civil.
La Ilusión de la Meritocracia y la Realidad en Paraguay
Uno de los principales problemas en Paraguay es que el
modelo económico actual refuerza la ilusión de la meritocracia, la
creencia de que el trabajo duro y el esfuerzo personal son suficientes para
ascender socialmente. Este modelo perpetúa un estilo de vida que prioriza el
trabajo excesivo y la acumulación de riquezas, dejando poco espacio para
cuestionar si estas prácticas son realmente justas o sostenibles.
En un contexto de desigualdad tan arraigado, la
supervivencia diaria y la necesidad de mejorar las condiciones materiales son
prioridad, lo que reduce las posibilidades de reflexionar críticamente sobre
las dinámicas de poder en la sociedad. Bien en el mundo, no es lo mismo vivir
en Nueva York, que vivir en Marsella que vivir en la India ni en un pueblo de
Sudan.
Y así en Paraguay, la realidad no es distinta, pese el
aumento de la clase media en los últimos años se ha destacado como un
dato positivo. Según el diario 5 Días, en la primera mitad de 2024, la clase
media paraguaya representaba el 44,3% de la población, lo que equivale a 2,7
millones de personas.
Este crecimiento, sin embargo, ha sido más marcado en
departamentos con mayor acumulación de riqueza, como Boquerón y Asunción,
mientras que las zonas más pobres aún luchan por alcanzar niveles similares de
bienestar.
Es menester observar cómo la distribución de las
oportunidades está controlada por una élite económica y/o política. En
Paraguay, al igual que en otras sociedades capitalistas, la propiedad de los
medios de producción sigue siendo un factor determinante en la estratificación
social. La burguesía —los dueños del capital— tienen en sus manos el control de
las industrias, el comercio y los recursos naturales, mientras que la clase
trabajadora, o proletariado, se ve obligada a vender su fuerza laboral para sobrevivir
en un sistema que, en última instancia, perpetúa su subordinación.
El popular portal independiente de noticias El Surtidor
había publicado en el año 2024 un testimonio de un trabajador de Ochsi, quien
era en todo sentido de la palabra, explotado a más no poder, con horarios y
actividades rigurosamente controladas para que su estadía en la fábrica
produjese la mayor ganancia posible.
La existencia de un modelo de Ochsi primeramente se permite
por culpa del ente a quien antagonizamos, el gobierno, debido a que la falta de
regulaciones estatales a este tipo de empresas permite que tengan todo tipo de
agresiones y descuidos que afecten la vida de la clase trabajadora en Paraguay.
Tanto como se permite debido a la necesidad económica que las familias que
viven cerca de las fábricas, quienes no tienen mayor opción de supervivencia
diaria más que el dar su tiempo y trabajo a una empresa, de la cual sin
necesidad de caricaturizar demasiado, se puede comprobar en entrevistas,
testimonios y otros artículos que francamente no ven al trabajador como algo
más que una fuente de ingreso.
El Estado actúa como un instrumento de la burguesía,
protegiendo sus intereses a través de políticas que benefician a los
propietarios de los medios de producción y mantienen a la clase trabajadora en
una posición de desventaja. En Paraguay, esto se manifiesta a través de los dos
hechos previamente señalados prácticas como la contratación de funcionarios
públicos sin la debida capacitación, con sueldos desproporcionados respecto a
las necesidades del pueblo, como el de la falta de regulación a empresas. La clase
política se comporta, en muchos sentidos, como la burguesía, asegurando su
poder a través de la explotación de los recursos estatales.
La noción de hurrerismo, mencionada por Carla Fabri, resuena
en este contexto, ya que describe cómo la búsqueda de poder y riqueza rápida a
través de la política se convierte en una forma de ascender en la jerarquía
social. En lugar de una movilidad social basada en el mérito, el acceso al
poder se facilita por el servilismo hacia quienes ya ocupan posiciones
privilegiadas. En este sentido, el hurrero se convierte en una figura clave en
la perpetuación de un sistema donde la élite económica y política permanece en
la cúspide, mientras la clase trabajadora se ve excluida de las oportunidades
de progreso genuino.
El crecimiento de la clase media, aunque parece ser un
avance positivo, no puede desvincularse de esta lucha. Esto sugiere que el
ascenso de ciertos sectores de la sociedad no es el resultado de un sistema
justo y meritocrático, sino de la concentración del poder económico y la
inversión en áreas específicas, mientras que las zonas más pobres siguen
atrapadas en la pobreza, perpetuando la lucha de clases.
¿Qué se puede hacer al respecto?
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