martes, 8 de abril de 2025

La clase política, la clase gobernada y la ilusión del ascenso social

 

En Paraguay, el sueño del ascenso social se sostiene sobre una ficción: la meritocracia. Mientras una élite político-económica se asegura privilegios heredados, la mayoría trabaja y sobrevive en un sistema que le promete movilidad, pero se la niega en la práctica. Este artículo examina cómo se perpetúa esa desigualdad estructural.

En sociología se emplean los conceptos de desigualdad y estratificación social para describir el sistema mediante el cual una sociedad clasifica jerárquicamente a los grupos de personas. Estos conceptos son características de la sociedad y no un simple reflejo de diferencias individuales. Este sistema otorga acceso desigual a los recursos y distribuye poder, estatus y riqueza entre las diferentes clases sociales.
En Paraguay, uno de los puntos de inflexión en el análisis de la estratificación social es cuando se empieza a aceptar que las desigualdades no se limitan únicamente a lo económico, sino que también involucran factores como la posición de la persona.

Un problema de la mayoría popular del Paraguay, que vive en un país recientemente urbanizado, tiende a ver el estatus social como una consecuencia del talento y esfuerzo personal, ideal e ilusión cual se refuerza por la naturaleza económica precaria y escasa del sistema laboral.

Sin embargo, la realidad es que este sistema persiste a lo largo de las generaciones, y las desigualdades no solo se mantienen, sino que se perpetúan de padres a hijos. Los padres transmiten su posición social, lo que limita las oportunidades de movilidad social para quienes nacen en sectores más desfavorecidos.

La meritocracia inherente del sistema social paraguayo, reflejado en las exigencias laborales y académicas legitima el sistema tanto como permite que evite una crítica necesaria a este sistema, como se dijo, debido a la naturaleza económica del país donde se vive en un constante estado de supervivencia, este sistema se sustenta por sí mismo.

En este momento nos remitimos a un estudio y apreciación sociológica que es contraria al uso de la acumulación de riquezas como una forma de entender la sociedad.

La lucha de clases, introducida por Karl Marx en el "Manifiesto Comunista", es un concepto central en este debate. Marx explicó que las clases sociales se definen principalmente por la propiedad o no de los medios de producción. En este esquema, la clase proletaria, o los trabajadores que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario, se enfrentan a la burguesía, quienes poseen los medios de producción y controlan las condiciones de trabajo.

Una reinterpretación de esta teoría en Paraguay puede observarse en el ámbito político, donde el concepto de la élite política planteado por Gaetano Mosca introduce una dimensión diferente. Mosca argumentaba que una clase pequeña y organizada siempre dominará sobre una mayoría desorganizada. Este concepto resuena en la sociedad paraguaya actual, donde el acceso a los recursos y al poder sigue estando en manos de una élite económica y política que perpetúa su dominio sobre el resto de la población.

Carla Fabri en su articulo Hurrerismo y adoración explico un fenómeno popular provocado por la desigualdad y las necesidades económicas, el hurrero es quien adula, quien busca hacer carrera rápida, ganar dinero de cualquier forma y ocupar puestos importantes para los cuales no tiene la debida preparación.

Un Médico en Paraguay puede ganar en el sector público una suma de G. 4.600.000, nada más, aunque posiblemente algo menos, la hija de un senador puede ganar un sueldo de 22.000.000 y el presidente de la república la defenderá alegando que la vio confiable para tomar ese puesto.

Eduardo Nakayama señaló, en 2024, que al menos 50 mil funcionarios públicos en Paraguay acceden a beneficios privados, un privilegio que no está disponible para la mayoría de la población. Este fenómeno refuerza la percepción de una clase política desconectada de las necesidades del pueblo, lo que contribuye a las tensiones entre el gobierno y la sociedad civil.

 

La Ilusión de la Meritocracia y la Realidad en Paraguay

Uno de los principales problemas en Paraguay es que el modelo económico actual refuerza la ilusión de la meritocracia, la creencia de que el trabajo duro y el esfuerzo personal son suficientes para ascender socialmente. Este modelo perpetúa un estilo de vida que prioriza el trabajo excesivo y la acumulación de riquezas, dejando poco espacio para cuestionar si estas prácticas son realmente justas o sostenibles.

En un contexto de desigualdad tan arraigado, la supervivencia diaria y la necesidad de mejorar las condiciones materiales son prioridad, lo que reduce las posibilidades de reflexionar críticamente sobre las dinámicas de poder en la sociedad. Bien en el mundo, no es lo mismo vivir en Nueva York, que vivir en Marsella que vivir en la India ni en un pueblo de Sudan.

 

Y así en Paraguay, la realidad no es distinta, pese el aumento de la clase media en los últimos años se ha destacado como un dato positivo. Según el diario 5 Días, en la primera mitad de 2024, la clase media paraguaya representaba el 44,3% de la población, lo que equivale a 2,7 millones de personas.

Este crecimiento, sin embargo, ha sido más marcado en departamentos con mayor acumulación de riqueza, como Boquerón y Asunción, mientras que las zonas más pobres aún luchan por alcanzar niveles similares de bienestar.

Es menester observar cómo la distribución de las oportunidades está controlada por una élite económica y/o política. En Paraguay, al igual que en otras sociedades capitalistas, la propiedad de los medios de producción sigue siendo un factor determinante en la estratificación social. La burguesía —los dueños del capital— tienen en sus manos el control de las industrias, el comercio y los recursos naturales, mientras que la clase trabajadora, o proletariado, se ve obligada a vender su fuerza laboral para sobrevivir en un sistema que, en última instancia, perpetúa su subordinación.

 

El popular portal independiente de noticias El Surtidor había publicado en el año 2024 un testimonio de un trabajador de Ochsi, quien era en todo sentido de la palabra, explotado a más no poder, con horarios y actividades rigurosamente controladas para que su estadía en la fábrica produjese la mayor ganancia posible.

La existencia de un modelo de Ochsi primeramente se permite por culpa del ente a quien antagonizamos, el gobierno, debido a que la falta de regulaciones estatales a este tipo de empresas permite que tengan todo tipo de agresiones y descuidos que afecten la vida de la clase trabajadora en Paraguay. Tanto como se permite debido a la necesidad económica que las familias que viven cerca de las fábricas, quienes no tienen mayor opción de supervivencia diaria más que el dar su tiempo y trabajo a una empresa, de la cual sin necesidad de caricaturizar demasiado, se puede comprobar en entrevistas, testimonios y otros artículos que francamente no ven al trabajador como algo más que una fuente de ingreso.

El Estado actúa como un instrumento de la burguesía, protegiendo sus intereses a través de políticas que benefician a los propietarios de los medios de producción y mantienen a la clase trabajadora en una posición de desventaja. En Paraguay, esto se manifiesta a través de los dos hechos previamente señalados prácticas como la contratación de funcionarios públicos sin la debida capacitación, con sueldos desproporcionados respecto a las necesidades del pueblo, como el de la falta de regulación a empresas. La clase política se comporta, en muchos sentidos, como la burguesía, asegurando su poder a través de la explotación de los recursos estatales.

La noción de hurrerismo, mencionada por Carla Fabri, resuena en este contexto, ya que describe cómo la búsqueda de poder y riqueza rápida a través de la política se convierte en una forma de ascender en la jerarquía social. En lugar de una movilidad social basada en el mérito, el acceso al poder se facilita por el servilismo hacia quienes ya ocupan posiciones privilegiadas. En este sentido, el hurrero se convierte en una figura clave en la perpetuación de un sistema donde la élite económica y política permanece en la cúspide, mientras la clase trabajadora se ve excluida de las oportunidades de progreso genuino.

El crecimiento de la clase media, aunque parece ser un avance positivo, no puede desvincularse de esta lucha. Esto sugiere que el ascenso de ciertos sectores de la sociedad no es el resultado de un sistema justo y meritocrático, sino de la concentración del poder económico y la inversión en áreas específicas, mientras que las zonas más pobres siguen atrapadas en la pobreza, perpetuando la lucha de clases.

 

¿Qué se puede hacer al respecto?


Como se mencionó al inicio de este artículo, nuestro punto de inflexión consiste en identificar esto: debemos dejar de ver las injusticias y contradicciones estructurales como meros accidentes paralelos a nuestra realidad, sino como el panorama que define nuestro día a día. Este paradigma debe servir luego como filtro para analizar las ideas que nos transmiten tanto los políticos como nuestro círculo cercano. Así, seremos conscientes de que sus discursos no se alinean con la realidad, sino con su propio ideal, el cual probablemente solo beneficia a unos pocos que cuentan con facilidades determinadas para ascender socialmente.

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